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Valle de Chalco -Tláhuac, una región de alto riesgo por los hundimientos




Fecha: 2022-11-15


Por Alejandro Ramos Magaña 


En 1988, investigadores del Centro de Geociencias de la UNAM detectaron en la planicie de Chalco, Estado de México, la formación de un cuerpo de agua por la acumulación superficial de líquido. En 1991 pasó de unas cuantas hectáreas a 100, y actualmente abarca aproximadamente 1,500 hectáreas.

Los hundimientos diferenciales provocados por el inadecuado manejo del acuífero en el Valle de México, originó un nuevo "lago", que en época de lluvias pone en riesgo a la población asentada en la región mexiquense de Chalco y en la alcaldía Tláhuac, de la Ciudad de México, ya que las inundaciones son frecuentes.

La urbanización creciente, y en gran medida sin planeación, han agobiado al acuífero del Valle de México (vale precisar que el acuífero se encuentra dividido en cuatro, sólo con fines de gestión y administración: Chalco-Amecameca, Zona Metropolitana de la Ciudad de México, Texcoco y Cuautitlán-Pachuca). Y Chalco es un ejemplo del crecimiento anárquico con grandes impactos al agua y las consecuencias ahora son de escasez y mala calidad del líquido.

En la región de Chalco está ocurriendo una de las transformaciones más impactantes en el Valle de México en las últimas cuatro décadas, ya que se han generado hundimientos de hasta 40 centímetros por año, y esto se debe al exceso de permisos para extraer agua de 14 pozos (por arriba de lo que en realidad permite el acuífero), construidos en la década de los 80 como Sistema Mixquic-Santa Catarina.


La superficie del nuevo "lago" se ubica 17 metros debajo del nivel original del terreno, cubriendo una extensión casi 1,500 hectáreas, lo que implica un potencial riesgo de inundación de aguas negras en la región, como ya está ocurriendo en época de lluvias.

La magnitud de la afectación en la zona de Chalco es alarmante, ya que en los últimos 40 años la región se ha hundido poco más de 14 metros, un hundimiento muy superior al del Centro Histórico de la Ciudad de México, de 10 metros en los últimos 115 años. Todo este fenómeno provoca fracturas urbanas de alto riesgo.

Tanto el camino de acceso a los pozos que abastecen a la zona de agua potable como el de la carretera Tláhuac-Chalco, requieren de reparaciones y elevaciones permanentes cada vez más costosas. Por ejemplo, es recurrente que, entre los meses de julio y octubre, la carretera y el camino se encuentren suspendidos por encontrarse inundados. Este problema se extiende a colonias y viviendas, con saldo de daños materiales y de afectacciones serias a la salud por el contacto con las aguas negras.

Sin duda, esta situación obliga a las autoridades de los tres órdenes de gobierno a realizar un ordenamiento territorial en la región, así como incrementar la eficiencia de la infraestructura hidráulica, una especie de drenaje profundo a nivel micro para Valle de Chalco, de lo contrario se tendrá que aplicar un plan urgente de reubicación de ocho colonias (seis en Chalco: Americas I y II, María Isabel, Niños Héroes, Alfredo Baranda y San Miguel Xico, y dos de Tláhuac, La Habana y San José-), a 2.5 y 3 kilómetros del nuevo "lago", lo cual sería a un alto costo, pues ahí habitan aproximadamente 100 mil personas.

Además, y de acuerdo con geólogos y urbanistas de la UNAM, la carretera Tláhuac-Chalco requiere de nuevas elevaciones urgentes para superar las inundaciones.

Vale precisar la dimensión de esta situación. En el Centro Histórico los hundimientos son del orden de 3 a 5 centímetros por año, ya que el bombeo de agua subterránea se redujo desde la década de los 60. El hundimiento en el Valle de Chalco es 40 centímetros por año, uno de los más grandes del país y del mundo.

En una serie de entrevistas que sostuve con Adrián Ortega Guerrero, investigador del Centro de Geociencias de la UNAM, me aseguró que los ritmos de hundimiento disminuirán muy poco en los próximos años, "prácticamente serán los mismos y con riesgos cada vez más altos". Y el investigador recomienda también atender a otras zonas lacustres como Texcoco, Xochimilco y Ecatepec que presentan hundimientos del orden de 10 a 20 centímetros por año.

A la fecha, la Ciudad de México extrae de 450 pozos (sobreexplotados) el 70% del agua potable que consume; el otro 30% proviene del Sistema Lerma-Cutzamala a través de 13 mil kilómetros de tuberías y mediante un bombeo de 1,500 metros de altura. El trasvase de agua de esta cuenca a la metrópoli es enorme con un alto consumo de energía eléctrica.

En 2000, este columnista difundió --gracias a la aportación de Adrián Ortega Guerrero--, la aparición de extensas grietas en el subsuelo de Iztapalapa, provocado por los hundimientos difrenciales de la región, y que hacen más vulnerable a la población ante inundaciones y sismos fuertes.

Hace 22 años fue una bomba informativa y provocó que las autoridades de la Ciudad de México reaccionaran para atender este fenómeno geológico acelerado por excesiva extracción de agua del acuífero. Una de las respuestas a este problema fue la instalación del Observatorio Interactivo de Hundimiento y Fracturamiento (OIHFRA), con asesoría del Centro de Geociencias de la UNAM, desde donde se monitorea todos los días los agrietamientos del subsuelo de Iztapalapa.

Chalco, Iztapalapa y Tláhuac son las regiones del Valle de México que requieren toda la atención científica por las constantes fallas geológicas, pero también de las autoridades para prevenir un desastre de mayores consecuencias. El problema es que la mancha urbana sigue creciendo sin planeación ante la pasividad de los tres órdenes de gobierno.

El fenómeno de los hundimientos fue confirmado desde la década del 40 (del siglo XX) por el ingeniero y exrector de la UNAM, Nabor Carrillo Flores, quien alertó del alto riesgo que la ciudad enfrentaba por la excesiva extracción del agua del subsuelo.

La explotación del acuífero inició a mediados del siglo XIX, y se incrementó en la zona centro de la Ciudad de México en el siglo XX, entre 1940-1970. El intenso bombeo ha provocado despresurización y consolidación en los sedimentos lacustres, ocasionado una subsidencia del terreno de la parte central de la ciudad en el orden de los 10 metros.

Dicha explotación del acuífero es del orden de 50 metros cúbicos por segundo (50 mil litros por segundo), de ahí se abastece una población de aproximadamente 25 millones de habitantes del Valle de México.

Los problemas ocasionados por la extracción del agua subterránea, motivaron la búsqueda de opciones alternas para el abastecimiento de agua, siendo seleccionadas las subcuencas de Chalco y Xochimilco, entre otras, mismas que presentan características hidrogeológicas similares a las condiciones prevalecientes en la Ciudad de México, donde también se transfirieron los problemas de hundimientos y posteriormente agrietamientos del subsuelo.

Científicamente está demostrado que la aceleración de hundimientos sólo se puede mitigar, pero mientras se siga extrayendo agua del subsuelo de forma excesiva los hundimientos continuarán y con ello se elevará el riesgo de inundaciones por aguas negras. Habrá mayores afectaciones a la infraestructura urbana y los sismos fuertes traerán severas consecuencias.

Los geólogos lo han manifestado con precisión: la zona Valle de Chalco-Tláhuac es la región que se hunde más rápido en el mundo y las catástrofes están a la vista.

Y mientras, el reparto del agua en esta región, como en otras del país, se intensifica más en el papel que en la disponibilidad. Los desarrolladores siguen disfrutando la 'feria' de las concesiones de agua y con ello se desata un verdadero escenario de acaparadores y especuladores.

Por eso urge una Ley General de Aguas, pues la iniciativa federal está congelada desde 2013, y ya no se pueden seguir renovando concesiones para la extracción de agua del subsuelo en forma eterna.

Las alertas de los geólogos son claras y contundentes: de continuar con la sobreexplotación del acuífero, el nuevo lago seguirá creciendo y por consiguiente la vulnerabilidad a las inundaciones será mucho mayor. Lo que es urgente se centra en que las autoridades deben frenar la entrega de concesiones y reforzar las medidas para que no se extraiga más agua de la que ingresa en forma natural al acuífero.

Que quede claro: ya no hay agua y se siguen otorgando permisos en el papel.


 


 


 


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