Contaminación del aire y daños cerebrales

La contaminación por PM2.5 y ozono eleva muertes por demencia y males cardíacos. En México, urge frenar el uso de combustóleo ante el calor extremo de 2026.

masclaro.mx
today 26/02/2026

Por Alejandro Ramos Magaña

 

La neurodegeneración, correlacionada con la contaminación atmosférica en las áreas metropolitanas, ha incrementado significativamente las alertas dentro de la comunidad científica global.

 

Durante más de cuatro décadas, los expertos en salud ambiental han documentado el aumento en la prevalencia de enfermedades respiratorias, cardíacas, diabetes y obesidad debido a la mala calidad del aire. En años recientes, se ha identificado la demencia como un cuadro clínico emergente en individuos mayores de 60 años.

 

Conforme al sexto informe Estado del Aire Global 2025, publicado en octubre pasado por el Health Effects Institute, una organización de investigación autónoma sin fines de lucro con sede en Estados Unidos, se advierte que el 95% de las muertes asociadas a la contaminación del aire en personas mayores de 60 años se atribuyen a enfermedades no transmisibles, tales como enfermedades pulmonares, cardíacas, demencia, diabetes y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC).

 

Los científicos estiman que la acumulación de contaminantes atmosféricos ha provocado, en los últimos años, aproximadamente 626,000 muertes por demencia, así como pérdidas sustanciales en la función cerebral, principalmente en adultos mayores de 60 años.

 

A principios de 2002, científicos de renombre, incluyendo al Premio Nobel de Química Mario Molina, informaron que la contaminación por partículas suspendidas menores a 2.5 micrómetros (PM2.5) estaba acelerando la mortalidad por infartos y derrames cerebrales.  El Dr. Mario Molina (1943-2020) enfatizó la peligrosidad del dióxido de azufre, cuyas principales emisiones provienen de las refinerías y de combustibles de baja calidad, para la salud humana.

 

Recientes hallazgos científicos confirman la persistencia y el agravamiento de estos impactos en las zonas urbanas, con la población adulta mayor experimentando una pérdida progresiva de memoria, deterioro cognitivo y de identidad.

 

El informe en cuestión indica que el 36% de la población mundial, aproximadamente 2,600 millones de personas, se encuentra expuesta a niveles elevados de contaminación por partículas PM2.5.

 

Hasta 2024, las autoridades de Medio Ambiente estimaban que en México la contaminación del aire provocaba aproximadamente 48,000 decesos prematuros en promedio anual. Aunque algunos expertos de universidades y de ONG estiman que la cifra promedio anual es de 70 mil fallecimientos en promedio cada año.

 

Con base en dicho informe, el panorama en México requiere la activación de planes de investigación sistemática, prevención y atención en el sector salud, ya que los científicos estiman que entre 5,280 y 7,920 personas fallecen anualmente debido a demencia asociada a la mala calidad del aire.

 

En paralelo a la investigación mencionada, es fundamental destacar la situación del Valle de México, donde la norma ambiental por ozono y partículas finas PM-10 y PM2.5 se supera casi diariamente.  A pesar de esta situación, no se declara contingencia ambiental en la atmósfera metropolitana contaminada, lo cual se hace cuando la calidad del aire es dañina a la salud.

 

Durante la reciente pandemia, expertos en salud recomendaron a las autoridades intensificar los estudios sobre la posible relación causal entre la contaminación atmosférica y los casos de COVID-19, así como desarrollar más investigaciones sobre la etapa post COVID, ya que existen cientos de casos de personas que padecieron la enfermedad y posteriormente murieron por infartos, insuficiencia respiratoria, derrames cerebrales y hasta desarrollaron males neurológicos crónicos.

 

Existe evidencia científica, tanto a nivel nacional como internacional, que indica que la mala calidad del aire incrementa el riesgo de agravamiento en personas que padecen o han padecido la enfermedad causada por el virus SARS-CoV-2 y sus mutaciones.

 

Asimismo, es importante considerar los pronósticos meteorológicos, que indican que 2026 será un año con temperaturas excepcionalmente altas. Se prevé que este sea el cuarto año consecutivo en que se establezcan máximos históricos en este rubro. Un año cálido implica cielos despejados constantes y vientos débiles, lo que generará un mayor número de días con mala calidad del aire.  En consecuencia, se requiere que las autoridades y la sociedad fortalezcan las medidas de prevención.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma categóricamente que la mala calidad del aire incrementa significativamente la vulnerabilidad a infecciones bacterianas y virales, lo que repercute en la progresión del brote del COVID-19 al elevar la susceptibilidad del huésped a la infección vírica. La incidencia y el riesgo de morbilidad y mortalidad asociados a dicho virus se intensifican con la exposición crónica y aguda a la contaminación del aire, en particular al material particulado (PM2.5 y PM10) y al ozono.

 

En 2006, la campaña MILAGRO (Megacity Initiative: Local and Global Research Observations), coordinada por el Premio Nobel de Química Mario Molina, demostró que la Central termoeléctrica y la refinería de Tula, Hidalgo, no solo eran las instalaciones más contaminantes del país, sino que sus emisiones de dióxido de azufre, a través de un corredor establecido por los patrones de vientos predominantes provenientes de Tula, impactan al Valle de México, principalmente con material particulado (PM2.5, las partículas más perjudiciales para el sistema respiratorio y cardiovascular, que llegan a provocar la muerte).

 

Cabe destacar que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) continúa generando energía eléctrica en Tula mediante el uso de combustóleo, un energético altamente contaminante, y que en gran parte del mundo está prohibido su uso por los serios daños a la salud.

 

En diversas entrevistas que he realizado a científicos, incluyendo al Dr. Mario Molina, se ha coincidido en que las emisiones tóxicas de la termoeléctrica de Tula, entre otras, superan las emitidas por las fuentes locales, tales como automotores, industrias, sector servicios, plantas de asfalto, entre otras.

 

En los próximos meses, la población se enfrentará a un complejo desafío derivado de la interacción entre la mala calidad del aire, exacerbada por la quema de combustibles fósiles, y las secuelas de la pandemia del COVID-19.  A estos factores se sumarán la extrema sequía y, en consecuencia, los incendios forestales.

 

El principal reto reside en el desarrollo de medidas de prevención más efectivas, mientras se avanza en la investigación sobre la correlación entre la mala calidad del aire y los resultados adversos de la pandemia, la demencia, los daños cognitivos, las enfermedades cardiovasculares y pulmonares.  Asimismo, resulta imperativo que las autoridades atiendan con prioridad las principales fuentes de contaminación, tales como las termoeléctricas, refinerías, industrias y el sector automotriz, entre otros.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha enfatizado la necesidad de que México genere condiciones ambientales significativamente más saludables para su población.  Si bien persiste la quema de combustibles fósiles y el esquema de subsidios, la vulnerabilidad pulmonar de la población seguirá siendo considerable, creando un terreno propicio para la rápida propagación de virus como el COVID-19 o de otras males crónicos.